Precio de la gasolina

El Monopolio de PEMEX o sobre el Costo Social del Estado Empresario

“The curious task of economics is to demonstrate to men how little they really know about what they imagine they can design”. 

Un resumen histórico

A principios del siglo XX, el petróleo tomó un papel fundamental para el desarrollo económico de las potencias occidentales, esto a consecuencia de la constante evolución que presentaron la industria automotriz, acerera y energética. Esta serie de innovaciones tecnológicas se tradujeron en una evidente mejora en la calidad de vida, dando paso a una incipiente clase media que sería la determinante de la economía del siglo XX.

Mientras el mundo se movía con la gasolina de la Standard Oil Co., y se iluminaba con el invento de Edison, México pasaba por un periodo de reconstrucción en donde a través de un férreo régimen se fomentó la explotación de tierras y la inversión extranjera. Esta nueva política económica permitió a compañías extranjeras el uso y goce de los yacimientos petroleros nacionales, dando una pequeña renta al Estado mexicano por dicha explotación, lo cual no representó un trato ventajoso para México, pues muchas compañías petroleras extranjeras no reflejaban las verdaderas utilidades de la venta del petróleo explotado. Aunado a lo anterior, la falta de seguridad social de los trabajadores mexicanos, las malas condiciones de trabajo y los bajos salarios estimularía un descontento popular hacia las grandes petroleras extranjeras, lo que influyó en gran medida para que durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas se expropiara la industria petrolera.

Lo anterior sumió a México en un serio compromiso económico con los dueños de las grandes petroleras extranjeras, incluso llegó a escalar a estadios diplomáticos, lo cual cambió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en donde a cambio de la cooperación mexicana del lado de los Estados Unidos y Gran Bretaña durante el conflicto armado se reducirían las presiones políticas y se llegaría a un acuerdo amistoso para dar solución definitiva a la deuda producto de dicha expropiación, así como los daños causados a las propiedades de estadounidenses y británicos durante la Revolución Mexicana.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, México vivió un periodo de prosperidad hasta la década de los 60. Para la década de los 70, México poseía una gran deuda externa y los malos manejos de las finanzas públicas provocaron que el gobierno tomara medidas restrictivas al presupuesto en los años subsecuentes, lo que dejó a la administración de José López Portillo en austeridad total con un modelo de recuperación económica que dividía al sexenio en tres periodos, durante los cuales se pretendía estimular a las industrias estratégicas del país con la finalidad de fortalecer el mercado interno y aumentar el consumo.

Para 1973, el plano internacional y el descubrimiento de importantes yacimientos petroleros darían paso a una época de bonanza económica que daría pie a la entrada de divisas al país, particularmente dólares estadounidenses, así como el incremento de las exportaciones petroleras. Lamentablemente, la corrupción, el despilfarro y la mala planeación económica, desembocaron en una crisis económica que se caracterizó por la venta de empresas del Estado durante las siguientes dos décadas, siendo la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) el epítome de la apertura comercial de México al mundo, sobre todo a la región más diversificada y rica de América.

El caso de PEMEX en este contexto se resume como una compañía del Estado identificada como un lastre, primordialmente explotada por gobiernos corruptos, con directivos carentes de responsabilidad social para afrontar las reformas estructurales que requería la petrolera y secuestrada por un sindicato asfixiante al servicio del gobierno en turno (una de las maravillas del corporativismo en México). Así pues, PEMEX comienza el siglo XXI con una gran deuda y una reforma energética que promueve la entrada nuevamente a aquellas compañías extranjeras expulsadas durante la justicia social de los 30. Esta reforma permitiría la explotación del crudo mediante técnicas convencionales y no convencionales, siendo prudente ante este escenario formularnos las siguientes preguntas, ¿fue acertada la decisión de liberar el precio de las gasolinas?, ¿el monopolio de PEMEX significó un beneficio para los mexicanos?, ¿la competencia en la industria petrolera permitirá un beneficio económico para el consumidor?

El Estado empresario: ¿qué es un monopolio?

En la teoría económica, podemos definir a un monopolio como un modelo de mercado en donde únicamente existe un solo vendedor y múltiples compradores. Por ejemplo, PEMEX se consideraba un monopolio debido a que anteriormente era el único autorizado para vender gasolinas y demás procesados del petróleo en México, siendo la empresa que vendía a grandes distribuidores.

El monopolio supone barreras que impiden que otros competidores participen en el mercado, estas barreras pueden ser naturales, de propiedad y legal, en este sentido, PEMEX suponía un monopolio con barreras legales a la entrada pues la Constitución establecía que el Estado era el único autorizado para el uso y goce de los recursos naturales del país, concediendo derechos exclusivos a la paraestatal para la comercialización de hidrocarburos.

El libre mercado: la importancia del mercado competitivo

En el mercado no solamente existen monopolios u oligopolios, también existen empresas que compiten día a día entre ellas para ofrecer mejores productos y servicios a sus clientes, esta competencia se realiza a través de la competencia de precios, marketing, descuentos e incluso estímulos gubernamentales.

Grandes compañías nacionales y extranjeras utilizan la discriminación de precios (dar productos a diferentes precios para diferentes nichos) con la finalidad de atraer mayor número de compradores, por ejemplo, Microsoft ofrece una gran cantidad de productos para estudiantes, hogares y oficinas, de tal suerte que Microsoft contempla estrategias que le han permitido posicionarse ventajosamente en el mercado de software a lo largo de dos décadas pero… ¿qué pasaría si un mercado no fuera competitivo y los productos se vieran restringidos por el Estado? Esta pregunta tiene su respuesta en la política restrictiva de la Unión Soviética (URSS) entre 1950 y 1989.

Durante la carrera armamentística producto de la Guerra Fría entre la URSS y los Estados Unidos, hubo una gran inversión en bienes de capital para la producción en masa de innovaciones tecnológicas que permitieran la vanguardia militar de ambas potencias, sin embargo, la URSS no permitió que esta tecnología llegara a la industria civil, cosa diferente en los Estados Unidos, donde las grandes corporaciones (sobre todo las industrias de electrodomésticos y automotriz) utilizaron estos avances militares para modificarlos a las necesidades de la sociedad estadounidense, mejorando la producción y disminuyendo los costos, lo cual fomentó el desarrollo económico.

El caso de la Unión Soviética nos da una importante lección, la cual radica en que la intervención del Estado de manera excesiva impide que las empresas privadas compitan entre sí en beneficio del consumidor, es decir, la innovación se pierde entre la burocracia, permisos, derechos, contribuciones e incluso corrupción, lo cual impidió que grandes aplicaciones militares soviéticas se aplicaran en beneficio de la sociedad.

De esta manera encontramos que en realidad, el mercado competitivo ofrece mayor número de opciones al consumidor, permitiendo una eficiencia en el sistema de las economías capitalistas. Si bien no es perfecto, es menester enunciar que la competencia ha permitido el desarrollo de importantes innovaciones como por ejemplo en las compañías Ford Motor Company o Tesla Motors, las cuales han revolucionado el transporte del siglo XX y XXI, respectivamente, a través de la competencia con sus iguales (Honda, Chevrolet y Volkswagen), permitiendo líneas de ensamblaje más eficientes, disminución de costos, baterías con mayor durabilidad, menor cantidad de material contaminante, mejor tecnología para la seguridad de los ocupantes, entre otros.

El costo social del monopolio

Muchos políticos mencionan que los monopolios del Estado fomentan el empleo y apoyan la economía nacional, sin embargo, para fines prácticos y teóricos la historia ha sido muy diferente pues, en gran medida los problemas de los monopolios estatales derivan de una mala planeación y casos de corrupción, sin embargo, el problema restante recae en la definición propia del fenómeno económico.

Cuando las empresas venden sus bienes y servicios en un mercado competitivo se vuelven precio-aceptantes, es decir, acceden a las condiciones que se establecen en las negociaciones del día a día entre compradores y vendedores (se rigen en función de la ley de la oferta y la demanda), por lo que los productos tienden a encontrar un equilibrio entre la demanda y la oferta, lo cual crea un efecto positivo que permiten a los consumidores, como usted y como yo, a tener acceso a diferentes calidades y precios para elegir.

Cuando existe un monopolio el equilibrio es diferente, pues al haber un solo vendedor en el mercado este controla los precios y la producción, empero, a pesar de tener esta “ventaja” no puede poner el precio tan “arbitrariamente” como pensáramos. Así pues, el monopolista determina el precio a través de la “optimización”, la cual se obtiene a través de un equilibrio entre un costo marginal (que es el incremento del costo total dividido entre el aumento de la producción) y el ingreso marginal (que es el cambio en el ingreso total como resultado del aumento en una unidad de la cantidad vendida), lo que se explica gráficamente de la siguiente manera:

aumento del precio de la gasolina

Como se podrá dar cuenta, el monopolista produce menos y vende más caro, por lo que hay una disfunción en el mercado denominada como “costo social”. El costo social implica una pérdida para usted y para mí como consumidores, esto debido a que como el monopolista produce menos y vende más caro, hay una deficiencia productiva que provoca una pérdida en el sistema económico, es decir, en el monopolio no se ocupa al máximo los activos de la empresa, lo cual podría traducirse en, por ejemplo, una falta de aprovechamiento de la capacidad instalada, poca inversión en la innovación productiva, bienes de capital obsoletos, entre otros.

Entonces… ¿el fin del monopolio supone mejores precios?

Bueno, en este sentido hay que poner sobre la mesa muchas variables más que no solo implican al monopolio. Primeramente encontramos que hay diversos tipos de crudo como el superligero, ligero, pesado y extra-pesado, dentro de los cuales el mejor para producir gasolinas es el ligero, esto supone un gran mercado que la paraestatal aprovechó en las décadas de los 60 y 70 con la construcción de refinerías para abastecer el mercado interno.

Lamentablemente, para el 2015 el panorama no era del todo alentador pues cerca del 52.5% del petróleo extraído era crudo pesado, a comparación de un 35.8% de crudo ligero y un 11% de crudo superligero, esto supuso un evidente cambio en los precios de la gasolina pues su importación comenzó a ser una gran prioridad para el gobierno y posteriormente una necesidad.

Este petróleo importado proviene principalmente del sur de los Estados Unidos, el cual es transportado mediante pipas u otros medios terrestres cuando lo ideal debería de ser mediante ductos. Este costo logístico supone una gran parte del costo de importación, el cual junto con el costo de producción y los impuestos representan un precio superior al de muchos países con una importancia petrolera similar a la de México.

El fin del monopolio no supone una baja sustantiva en el precio de la gasolina, pues de igual manera se tendría que importar, sin embargo, puede ser factible que a largo plazo estos precios se reduzcan paulatinamente gracias a la mejora en los canales de distribución y la competencia de precios entre compañías petroleras nacionales y extranjeras.

Lamentablemente, el Estado mexicano aún posee una gran injerencia en los precios de referencia de la gasolina por encontrarse en un periodo de “transición” entre el monopolio y el mercado competitivo, lo cual supone un atentado al libre mercado, pues el gobierno usa como rehén a este energético sirviéndole de moneda de cambio en el escenario político y fiscal, dando incertidumbre al mercado y en especial a los inversionistas, retrasando el proceso de entrada a otros competidores.

Entonces… ¿es bueno o malo el monopolio de PEMEX?

Esta pregunta incomoda a las altas esferas del gobierno, sobre todo por la liberalización del precio de las gasolinas que a partir del 30 noviembre de 2017 se generalizó en todo el país, empero con el antecedente que abordamos en este artículo podemos encontrar una característica importantísima y es que la ineficiencia de un monopolio le cuestan a usted y a mí el acceso a un bien o servicio mejor en todo sentido. Esto supone que esa “ganancia extra” que adquiere el monopolista pueda ser utilizado para programas sociales u otras aplicaciones, lo cual ya no compete a la ciencia económica sino a la ciencia política y a la contabilidad social.

¿Qué tiene que ver la ciencia política y la contabilidad social con esto? Pues más de lo que usted cree, ya que uno podría suponer que los problemas principales son económicos por lo anteriormente analizado, así como el endeudamiento inherente de la paraestatal, pero por increíble que parezca el mayor de los problemas es la corrupción que ha aquejado a PEMEX desde su creación tras la expropiación petrolera.

Claro que hay monopolios estatales que tienen un “buen” desempeño, o simplemente “mejor” que PEMEX, pero estos son pocos ya que la mayor problemática que se ha encontrado en estos fenómenos económicos son las variables políticas, fiscales y sociales que inciden negativamente sobre la disposición de los excedentes.

El monopolio de PEMEX fue malo principalmente por la falta de “libertad” en la toma de decisiones al momento de negociar precios, así como en la “autonomía” de construir su estructura organizacional; además, la política fiscal implementada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), de la que PEMEX sufrió una paulatina asfixia, resultó ser financieramente imprudente pues la “contribución” de la paraestatal a las finanzas públicas fue referenciada a sus ventas provocando que, a pesar de no generar utilidades por los altos costos operativos, se tuviera que endeudar para cumplir con sus obligaciones. Dicho lo anterior, PEMEX se volvió “la gallina de los huevos de oro” que paulatinamente fueron matando a través de una política de Estado mediocre y poco coherente en todo sentido, económicamente estresante y financieramente fuera de la realidad, políticamente rentable pero socialmente mal vista, sinónimo de la corrupción y la impunidad que aquejan al país.

Retomando lo anterior podríamos repensar la situación de PEMEX, quizá el costo social que representa una ineficiencia en la teoría económica hubiera sido un beneficio social para el desarrollo de las comunidades marginadas de ser aplicado transparentemente en programas incluyentes y responsables, quizá el costo social más grande del monopolio petrolero no fue el monopolio en sí, quizá el costo social más grande ha sido y será la corrupción que impera en las Instituciones mexicanas, inclusive en el Estado mexicano desde su propio origen…

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Internacionalista y economista. O-Marx me dicen. Crítico de Hayek y pupilo de Keynes. Apasionado de la lectura, preguntón por naturaleza y tímido por defecto. Orgullosamente UNAM e IPN.

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