Mi Camino a Santiago de Compostela (Parte III de III)

El despertador sonó temprano, pero por el jet lag y cansancio dormimos más de los pronosticado, para cuando comenzamos a alistarnos nuestro amigo Juan ya estaba saliendo de la pensión a iniciar su recorrido. Nosotros terminamos dejando la pensión después de las nueve, el cielo se veía cerrado pero las nubes no muy cargadas y por si las dudas, nos dirigimos a comprar un impermeable en la tienda de enfrente.

Día 1: Sarria a Gonzar (30 Km) 

Para nuestra suerte el Camino pasaba justo enseguida de nuestra pensión, así que ahí estábamos, en él, comenzamos la caminata pero no dimos ni cuarenta pasos cuando nos detuvo un restaurante llamativo, no habíamos desayunado así que frescamente y sin prisas llegamos a desayunar, los restaurantes que se encuentran en el Camino manejan un menú del peregrino, que cuesta entre 10 y 20 euros e incluye tres tiempos, bebida y café. Pedimos el menú y desayunamos, de entrada, un delicioso caldo gallego con alubias, ternera, chorizo español y papa; como platillo fuerte pasta a la bolognesa. ¡Delicioso todo! ¡Realmente no esperaba este tipo de comida en Europa! Pensé que todo sería pan y jamón como en otras partes.

Al terminar de desayunar comenzamos a andar, siguiendo las flechas amarillas y las señalizaciones que hay a lo largo del camino, salimos del pueblo y comenzamos a recorrer unos pastizales verdes grandísimos, hasta llegar a Barbadelo, observamos una iglesia medieval, salió de ahí Antonio, un nonagenario que nos invitó a conocer la iglesia por dentro, resultó ser del siglo XII, una maravilla arquitectónica que ha aguantado más de 900 años, hablamos un poco con Antonio, bromeamos, reímos y nos tomamos una foto, le agradecimos su cortesía y continuamos nuestro Camino.

Fotografía por Agustín Hernández.

Al avanzar observé como el paisaje se volvía más boscoso y húmedo, las nubes continuaban grises y el cielo cerrado, el suelo estaba mojado, probablemente había llovido los días anteriores y este día amenazaba con ser igual, lo bueno que íbamos preparados. Descubrí que los poblados están muy cerca unos de otros, no transcurrían más de cuatro kilómetros sin toparnos otra aldea, todas muy peculiares, de un estilo arquitectónico románico.

Dejando de lado una colina pronunciada que tuvimos que subir, todo el camino había sido fácil y transcurridos veintidós kilómetros de caminata habíamos llegado al río Miño que podíamos atravesar por un magnífico puente de más de trescientos cincuenta metros de longitud y con una altura considerable, al atravesarlo llegamos al pie de una escalinata sostenida por un viejo puente romano-medieval reconstruido, subiéndola se encontraba Portomarín, que frecuentemente es parada obligada para que los peregrinos pernocten. Nosotros evaluamos la condición, decidimos solo parar a comer algo y seguir caminando para avanzar el trayecto. Fuimos a un restaurante que nos recomendaron, la comida me supo a gloria: sopa de lentejas de entrada, pulpo con papas de platillo fuerte y un par de cafés para la energía. Habiendo recuperado nuestras fuerzas y descansado un poco proseguimos la caminata.

Ya era tarde y -al ser invierno- el sol se ocultaba temprano, antes de las dieciocho horas, así que apretamos el paso, el camino se juntó a la carretera, así que todo el tramo era plano, de pronto comenzó a lloviznar, sacamos nuestros impermeables azules y nos los colocamos, seguimos andando y la lluvia comenzó a arreciar, la luz de día se fue y lo único que nos alumbraba eran las luces de los vehículos que pasaban por la carretera de vez en cuando, no iba cansado físicamente pero la lluvia afectaba la visibilidad, se escurría por dentro del impermeable y mojaba mi chamarra, además de que tenía que limpiar mi rostro continuamente, hacía viento y volaba mi capucha, tenía que sostenerla con una mano, se empezaban a escuchar truenos, así que abrí la app del Camino, faltaba poco para llegar al pequeño poblado de Gonzar, con un poco de providencia encontraríamos un lugar donde pernoctar ahí. Seguimos avanzando, mis tenis y por ende mis pies ya estaban mojadísimos. Fue para nosotros una bendición observar un anuncio de albergue público, nos acercamos y apresuramos a entrar. ¡Por fin, un techo! Habíamos avanzado ocho kilómetros desde Portomarín hasta acá con todo y lluvia.

El albergue nos costó menos de diez euros, el área de dormitorios estaba en la planta alta, un galerón con puras literas, en la planta baja la pequeña recepción, una cocineta con mesa, baños y lavandería. Dejamos nuestras mochilas en la litera y bajamos a lavar ropa, secar los tenis y bañarnos. Después de haber pasado aires y lluvias aprecié inmensamente poder darme un baño con agua caliente.

Habían llegado al albergue también una argentina, una francesa, un francés, dos italianos y un coreano, nosotros nos sentíamos victoriosos por haber recorrido treinta kilómetros nuestro primer día y haberlo hecho a buen paso, platicando con ellos descubrí que la francesa llevaba semanas caminando, inició el Camino desde su casa en París; Rizzo, el italiano había comenzado desde su aldea en Italia. Se veía que ellos se conocían de tiempo atrás, compartían ruta, compañía y alimento, habían recolectado castañas durante el día y se preparaban para asarlas en un sartén, esa iba a ser su cena, nos ofrecieron, probé una y sabía delicioso. Terminando la cena, el francés se despidió, le pregunté que si a dónde iba, me comentó que él acampaba en el exterior para ahorrar dinero. Le dije que si estaba consciente de la tormenta, que si lo permitía yo le podía cubrir el costo del albergue, me agradeció pero dijo que además lo hacía por razones espirituales y se salió.

Fotografía por Agustín Hernández.

Nuestra ropa terminó de lavarse y secarse, tomamos nuestras cosas, nos despedimos de nuestros compañeros y subimos a acostarnos, batallé para conciliar el sueño, la tormenta seguía y yo no dejaba de imaginarme como diantres le estaba haciendo nuestro compañero francés en medio del chubasco. Esa fue una gran lección para mi, a veces requerimos hacer las acciones con una mayor penitencia y menor comodidad para realmente experimentar la pasión como es.

 

Día 2: Gonzar a Palas de Rei (17 Km)

Desperté antes de las ocho horas y levanté a Obed, nos alistamos y agarramos Camino, habíamos amanecido a temperatura cercana a cero grados Celsius, con viento, el cielo seguía cerrado y el piso encharcado. Avanzamos alrededor de cuatro kilómetros y el hambre nos traicionaba, así que al ver un restaurante en la aldea de Hospital da Cruz llegamos a desayunar una deliciosa tortilla española con papas, chorizo español y como me es costumbre varios cafés pedidos expresamente en taza grande, agradecimos al personal del lugar, nos tomamos una foto, nos pusimos el impermeable azul nuevamente y continuamos nuestra peregrinación.

El viento, el frío y la lluvia empezaron a cansarnos más de lo normal, no dejaba de llover continuamente, sin cesar, tupido y el agua molesta bastante en los ojos, y penetra el impermeable mojando la ropa, los pies mojados y el calcetín hacía fricción dolorosa, con el cansancio del día previo a cuestas ya no podíamos avanzar al mismo paso que nuevos y frescos. Obed se rezagaba bastante, iba a un paso más lento, cada vez que volteaba la mirada lo veía más lejos, pero no quería dejarlo fuera de mi linea de visión, aunque un experimentado peregrino nos había mencionado que cada caminante tenía que ir a su propio paso, ni más rápido, ni más lento, pues lo mismo cansaba una cosa que la otra.

Nuestros antepasados hablan con nosotros, es cuestión de prestar atención a los detalles: en una parte del Camino íbamos demasiado cansados, no habíamos probado una gota de agua en varios kilómetros y la sed era mucha, nos acercamos a una aldea pero todo estaba cerrado, hubo algo que me hizo acercarme a una casa bajando una pequeña pendiente, a través de la ventana vi a una anciana con una pañoleta, me sonrió y abrió la ventana, le dije que si me podía regalar un vaso con agua para hidratarme, me dijo que con mucho gusto, tomó un vaso lo lleno y me lo extendió, observé sus manos, toda ella era de un gran parecido con mi bisabuela difunta, tenía tanta sed que tomé como cinco vasos de agua, Obed se acercó y tomó también, le agradecimos, nos sonrió y nos deseó buen camino, continuamos con nuestro andar.

Las piernas ya estaban estragadas, los pies dolían, después de diecisiete kilómetros caminados llegamos a Palas de Rei, me habían parecido el doble de kilómetros debido a las inclemencias del tiempo, nos topamos con el albergue municipal y optamos llegar para secar la chamarra, así como los tenis. Era relativamente temprano, aún había sol, pero mental y físicamente estábamos agotados, preguntamos el costo del albergue, era económico, pero debido al nivel de fatiga que traíamos consideramos que requeríamos un lugar más quieto para descansar, además de que ya teníamos hambre, los pies hinchados me dolían, caminamos hasta que se nos cruzó una pensión-restaurante llamada Casa Camiño, entramos y preguntamos por el encargado de la pensión, nos dijeron que no tardaba en llegar, así que aprovechamos para pedir un tentempié, esperamos hasta que llegó y comentó que el costo por habitación era de aproximadamente cuarenta euros, por un momento dudamos, pero ya no queríamos peregrinar por el pueblo, además que el lugar estaba muy bien, céntrico y las habitaciones muy confortables con clima propio, hicimos la inversión y nos quedamos en la habitación, descansamos un poco y bajamos al restaurante a cenar algo.

La comida gallega no dejaba de sorprenderme, de entrada un delicioso caldo gallego y de platillo fuerte picaña con papas, sentía el cansancio, los ojos se me cerraban así que en cuanto acabamos de cenar subimos, me di un baño, unté pomada en los pies, me tomé un ibuprofeno y me quedé dormido, no supe de mi hasta el día siguiente.

 

Día 3: Palas de Rey a A Brea (41.6 km)

Sonó el despertador, me levanté un poco aletargado y con ganas de seguir durmiendo más, los pies seguían doliendo y para colmo íbamos muy retrasados, pese a que el primer día habíamos avanzado bastante, el segundo no avanzamos lo suficiente, nos habíamos rezagado. La noche anterior había contactado a Javier, un prestador de servicio de transporte de mochila, para que nos moviera la mochila de punto a punto, este servicio es común entre los peregrinos que buscan aligerar su carga, además permite avanzar a un paso más rápido y avanzar mayor distancia, así que le dejamos las mochilas y le pedí que las dejara en A Brea, un poblado que está a 42 kilómetros de donde nos encontrábamos.

El recorrido era todo un reto, un maratón después de haber corrido dos medios maratones los días anteriores, solo teníamos dos opciones: recorrer esa distancia o desistir de hacer el camino, pues mi vuelo de Santiago a Madrid y de ahí a México salía en 48 horas, el de mi amigo un poco antes. Javier se portó muy atento, nos comentó que la distancia que queríamos hacer era mucha, que optaremos por un recorrido menor, pero no podíamos cambiar de opinión, así que Javier nos ayudó a encontrar una pensión en el poblado.

Fuimos por un desayuno rápido al bar Britania, a dos cuadras de la pensión, en la Rúa da Igrexa, donde por cierto nos atendieron mal, como si los extranjeros tuviéramos la obligación de entender la terminología culinaria de otro país, a falta de disposición de explicar el menú pedimos unos huevos estrellados con pan o como le llaman allá huevos fritos, pagamos y nos retiramos.

Iniciamos la jornada peregrina ese día, el ardor en los pies y las piernas no se habían quitado del todo, tomé otro ibuprofeno. Hacer el Camino de Santiago es un gran reto, no solo físico, sino también mental y espiritual, aprender a andar con uno mismo y con otros, ejercer la comprensión, la tolerancia a la otredad. Esa jornada sería una odisea por la distancia, así que decidí caminar a mi paso, a fin de cuentas Obed y yo íbamos al mismo destino y tarde que temprano llegaríamos, así que inicié un poco más liberado, sin el peso de ocho kilos de la mochila, ni el de esperar a alguien, me di el lujo de correr, tomé distancia de mi compañero y disfruté mucho la soledad del camino y en esa jornada conmigo mismo entendí que así es la vida, un peregrinar donde a veces nos toca ir junto a otros y en otras ocasiones nos toca librar batallas solos, aprecié la compañía de mi, reflexioné, aprecié a los animales de la creación, me tocó ver vacas pastando en verdes praderas, crucé un rio y me detuve a escuchar el sonido del agua al pasar por la roca, escuché el silbido de los pájaros, el cantar de las golondrinas, observé los pinos altos al fondo del paisaje, crucé aldeas pintorescas de estilo romano, vi a su gente salir a trabajar, a cargar pacas de pastura, las vecinas platicando, pasé puentes empedrados, observé las iglesias y entendí que es en el silencio de la solitud donde nos conectamos con la creación, con Dios, recé el rosario y no pedí nada, sino agradecí por todo, por mi familia, mis amgos, por la salud, por la oportunidad de estar de nuevo en el viejo continente. Cuando aprendemos a estar en silencio y en armonía con nosotros mismos dejamos de escuchar el ruido exterior y empezamos a escuchar lo que realmente importa.

Había transitado más de veintiocho kilómetros lo que iba del día, no sentía cansancio, llegué a Arzúa, los peregrinos ahí terminan su jornada, pero la meta era llegar hasta A Brea, que aún estaba a 14 kilómetros de ahí. Mi única preocupación era la luz del sol, Arzúa era una ciudad, distinta a las aldeas que pasaba en el Camino, un poco más urbanizada, por un momento me dieron ganas de quedarme ahí, pero al siguiente día tenía que estar en Santiago, así que me dispuse a comer algo y continuar, llegué a un bar, no había variedad así que pedí una hamburguesa y un refresco (o como le dicen en España: gaseosa) me apuré a comer y continué mi camino.

Fotografía por Agustín Hernández.

Después de recorrer un par de kilómetros las piernas de pronto se me cansaron de golpe, asumo que fue por el hecho de haberlas descansado cuando me senté en el bar y haber querido reanudar al mismo paso, una parte de mi cuerpo me decía que me regresara a Arzúa, pero mi voluntad de seguir era mayor, seguí caminando, ya no me respondían igual mis extremidades, el dolor ya no solamente era de la pierna, sino de la ingle, pero traté de hacer como si no pasara nada y concentrarme en el Camino, de pronto empezó a cerrarse el cielo, le pedí a Dios que no fuera a llover pero los designios de Dios son misteriosos, empezó a caer la lluvia y para mi fortuna el impermeable lo había dejado en la mochila. Traté de pensar en otra cosa pero no funcionó, la lluvia arreció fuerte, saqué Google Maps, opté por caminar al poblado más cercano, si acaso había algún albergue, pensión, bar o restaurante abierto me quedaría hasta que se detuviera la lluvia. Quise apretar el paso pero las piernas ya no me respondían, como pude llegué al siguiente poblado y ¡oh sorpresa! ¡Todo estaba cerrado! ni un pórtico donde cubrirme de la lluvia.

Ahí a la mitad del poblado, en la lluvia fuerte, ya en el crepúsculo me vino otra epifanía, tal vez lo que Dios quería era que aceptara mi destino, que lo abrazara, no era una prueba, sino entender la vida misma, aunque encontrara un lugar abierto para quedarme, mi ropa seca estaba en mi mochila -la cual no traía conmigo-, así que de nada serviría gastar energía en buscar un lugar donde resguardarme, tenía que llegar a A Brea.

Agradecí por la lluvia, agradecí por existir, por la vitalidad, por poder gozar de la dicha de tener salud para mojarme, agradecí por el dolor de piernas, de pies, de espalda, porque era señal de que tenía vida. Con una sonrisa en el alma seguí avanzando a mi destino lleno de un gozo indescriptible. El camino se veía de película, lleno de hojas de árbol amarillas y a los lados filas de árboles interminables; ya era de noche, mis pies empapados, mi cabello mojado, la chamarra escurriendo pero no me importaba, hablé con mi abuelita difunta, le agradecí por tanto amor y le dije que intercediera para que si era voluntad de Dios detuviera la lluvia para poder continuar el camino más rápido, no pasaron más de cinco minutos cuando la lluvia cesó ¿casualidad? no lo creo.

Avanzando vi a lo lejos a una persona que venía por el Camino en sentido inverso, de inicio me extrañó, pocos lo caminan al revés, pero seguí caminando hasta que me topé frente a frente a la persona, resultó ser una ancianita, me habló en gallego, no le entendí nada, se dió cuenta que solo hablaba español y me dijo: Ya te falta poco para A Brea. Me sonrió y siguió caminando. Nada hubiera tenido de extraño ese suceso, sino es por el hecho de que yo nunca mencioné a donde iba y definitivamente había otros poblados inmediatos distintos al mencionado. Sin lugar a dudas el Camino de Santiago es un trayecto místico, revelador y espiritual.

Los últimos dos kilómetros para llegar a la pensión fueron la prueba más pesada, el camino iba paralelo a la carretera, las plantas de mis pies comenzaron a dolerme a cada paso que daba, cada piedra que pisaba se sentía como una espina, pero cuando vences el punto límite del dolor, tu cuerpo entra en una especie de trance donde sigues adelante pese a ello, ya no aguantaba las piernas, sentía que si me detenía me caería, así que opte por no detenerme, los pasos ya eran cortos, lentos, descoordinados, pasó por mi mente pedir un raid pero no había viajado diez mil kilómetros para hacer trampa, así que a paso cansado y lento pero logré llegar a la Posada O Mesón que está en una especie de vado. Ingresé al lugar, pedí un café y agua, ¡mucha agua! Luego le pedí la llave de mi cuarto, mi mochila y subí las escaleras, ¡para subirlas fue una odisea! me metí a darme una ducha tirado en el piso de la regadera, así duré media hora, me sequé y me arrastré hasta la cama, sentía un cansancio bárbaro, había recorrido un maratón, me dió fiebre, por suerte había guardado un ketorolaco, me lo tomé junto con ibuprofeno y me dispuse a dormir.

Me desperté porque empecé a escuchar ruidos en las escaleras y alguien intentaba abrir la puerta, vi mi reloj, habían transcurrido casi dos horas desde que llegué, abrí la puerta, ¡Era Obed! lo había logrado también, venía casi muerto, se secó y bajamos a cenar algo al restaurante, pedí un caldo gallego, me lo acabé pronto porque quería regresar a seguir durmiendo, me regresé al cuarto y morí.

 

Día 4: A Brea a Santiago de Compostela (25.5 Km)

Al día siguiente despertamos tarde, el agotamiento había sido mucho, mis piernas no se habían recuperado del todo, bajamos a desayunar y partimos de la pensión casi a mediodía. ¡Ya solo faltaban 25 kilómetros a Santiago de Compostela! ¡Tan cerca pero a la vez tan lejos!

El inicio fue brusco, porque tuve que acostumbrar otra vez a mis piernas al paso, pero una vez agarrado el ritmo es cuestión de no parar, al inicio de esa jornada nos topamos a Gonzalo, no era la primera vez que él hacía el Camino, lo había hecho en bicicleta, hubo una charla muy interesante durante el trayecto, hablamos de diferentes puntos de vista, de la vida, del conocimiento, de espiritualidad, de política, de la educación y hasta de la relación México-España a través de los años, debo confesar que la plática hizo muy llevadero el camino, Gonzalo ni se percató cuando habíamos pasado su destino del día: Pedrouzo; optó por continuar, con nosotros, pasamos Cimadevilla, que es donde se encuentra el aeropuerto de Santiago y luego nos topamos una colina gigantesca, con mucho esfuerzo la subimos, llegamos a Lavacolla, ahí nos despedimos de Gonzalo, el pernoctaría ahí, nosotros tomamos un pequeño receso para comer algo rápido en un bar y continuar. ¡Solo 10 kilómetros a Santiago!

Caminamos y pasamos San Marcos, para luego llegar al Monte Do Gozo, ahora entiendo el nombre, para mi fue un tremendo gozo ver desde ese monte la ciudad y la catedral de Santiago de Compostela, nos apresuramos a bajar y poco a poco el paisaje fue cambiando de una rural a uno urbano, nos internábamos a la capital de Galicia, nos recibía con los brazos abiertos, la felicidad era mayúscula, fuimos bordeando las calles hasta llegar al centro, la gente caminaba por las calles, estaba en los cafés, en las tiendas, calles empedradas, llegamos a la gran plaza del Obradoiro, inmensa y al frente de ella la inconmensurable Catedral de Santiago de Compostela, milenaria, imponente, magnánima con fachada barroca, sus dos torres imponentes en una María Salome y en otra Zebedeo, padres de Santiago.

Nos apresuramos a entrar, estaba iniciando misa, mientras la escuchábamos te permiten bajar a la cripta de Santiago el Apóstol para luego subir y abrazar la estatua del santo, agradecí a Dios por tantas bendiciones en mi vida, agradecía por lo bueno y lo malo, sin ambas cosas no sería quien soy, y ofrecí el Camino que había hecho, lo ofrecí por los demás, por mi familia, por mis seres queridos, por todos quienes me han dado entusiasmo, los que se han cruzado en mi vida y me han dejado enseñanzas, por los que estuvieron al pendiente de mi recorrido, por las peticiones que me encargaron.

Me embargó un momento de plenitud, de gozo y de amor. Entendí que el Camino no había iniciado en Sarria, había iniciado muchísimo antes y su fin no era Santiago de Compostela había mucho Camino por delante.

 

Mi Camino a Santiago de Compostela (Epílogo)

Después de asimilar el regocijo por haber hecho el camino tan anhelado y que tantos peregrinos hicieron antes de la era informática, tan solo guiados por la constelación y emulando los pasos de Santiago el Apóstol, ahí estábamos en la plaza del Obradoiro, eran cerca de las ocho de la noche y entre tanta algarabía se nos había olvidado que…

 

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Millenial, ciudadano de la aldea global, peregrino de la vida. Ingeniero Industrial amante de las letras y el café con pan. La sociedad civil es la vía. Síganme los buenos: @AgustinHdezRojo

One thought on “Mi Camino a Santiago de Compostela (Parte III de III)

  1. Hermoso relato hijo!
    Me ha conmovido. Me hiciste ver qué con amor a Dios todo es posible, así lo creo, así lo sé y así me inculcaron. Ahora veo que también lo has heredado. Te amo hijo!!!
    Pero… falta el epílogo……. lo espero pronto.

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